La consulta de la izquierda prevista para marzo prometía ser, al menos en teoría, un ejercicio de coherencia política. Una oportunidad para que el llamado “progresismo” escogiera sus cartas con cierta fidelidad ideológica, con el Pacto Histórico como eje y la ciudadanía como protagonista.
Pero, como suele ocurrir en la política colombiana, la realidad tiene un humor bastante peculiar.
Hoy, la escena parece dominada por dos figuras que no precisamente se han caracterizado por una militancia estable en la izquierda: Roy Barreras y Daniel Quintero. Dos políticos con biografías partidistas tan extensas que podrían llenar un álbum completo de camisetas electorales. Porque si algo han demostrado ambos es que la ideología, en Colombia, muchas veces es menos una convicción que un accesorio intercambiable según la temporada.
Y la ironía se vuelve más intensa cuando se observa cómo alrededor de esta convergencia aparecen nombres cercanos al quinterismo —como Juan David Duque— integrando listas asociadas a Roy Barreras al Senado. Un detalle que, para algunos, no parece menor: los alfiles se mueven, las fichas se acomodan, y la consulta que debía ser de bases termina pareciendo una negociación de élites.
Mientras tanto, sectores genuinos del Pacto Histórico quedan relegados, casi como invitados incómodos en su propia casa. Paradójico: una consulta pensada para fortalecer un proyecto colectivo termina orbitando alrededor de dos políticos expertos en sobrevivir —y prosperar— en cualquier ecosistema partidista, incluso aquellos que ayer criticaban.
La pregunta entonces es inevitable: ¿cómo terminó la consulta de la izquierda convertida en una plataforma donde los protagonistas parecen más herederos del establishment que alternativa real?
Y más aún: ¿no será que esta alianza Barreras–Quintero representa, en el fondo, una versión sofisticada del continuismo? Uno que no se presenta con los símbolos tradicionales de la derecha, sino con un nuevo empaque discursivo, más juvenil, más progresista, pero con las mismas prácticas de siempre.
Tal vez el deseo oculto nunca fue la transformación profunda, sino simplemente cambiar de administradores sin cambiar de modelo. Un continuismo con acento reformista y estrategia electoral.
Porque al final, en la política colombiana, la historia no siempre se repite…
a veces solo se disfraza mejor.