La política se nos volvió un espectáculo de feria: luces encandiladas, humo, confeti y una carpa que cambia de color según el “trend” de la semana. No compiten ideas: compiten estridentes. Gana quien mejor maneje el megáfono, no quien entienda el país. Y así, campaña tras campaña, se consolida un guion tan predecible como pobre: ruido por encima de razones, “likes” por encima de logros, pose por encima de propuesta.
En este circo, el ridículo no es un accidente: es estrategia. Se planifica el tropiezo, se ensaya la frase destemplada, se produce el “clip” que incendie los grupos de WhatsApp y los hilos de X para asegurar visibilidad. Se confunde viralidad con respaldo, alcance con confianza, volumen con profundidad. El problema es que el aplauso del algoritmo no llena urnas ni construye gobiernos; apenas infla egos y, de paso, degrada la conversación pública.
Payasos con micrófono, programas en blanco
Nuestros aspirantes parecen más estilistas de su propia imagen que arquitectos de un proyecto colectivo. Se disfrazan cada semana: hoy indignados, mañana conciliadores; hoy tecnócratas, pasado mañana “outsiders”. Cambian de libreto con la velocidad del “scroll infinito”, jurando que lo que dijeron ayer nunca existió si hoy estorba. No hay programa, hay “mood board”. No hay prioridades, hay “hashtags”. Cuando se les pide hoja de ruta —metas, plazos, cifras, costos— la respuesta es un carrusel de fotos y una promesa en tipografía grande.
La lógica es el desmarque permanente. Si un aliado de ayer es imputado hoy, se le borra con brocha gorda y se ataca a quien se atreva a recordar la foto compartida. Si en la agenda aparece una tragedia, allí estarán, con rostro compungido, para ampliar el álbum del oportunismo: el doliente del mes, el barrio de moda, el premio recién otorgado, la selfie con el oficio del día. La consigna es clara: “no importa si hablan mal, pero que hablen”. Y hablan: gritan, señalan, caricaturizan, porque el algoritmo premia la fricción, no la sensatez.
La indignación como franquicia
La indignación dejó de ser un motor ético para convertirse en un insumo de mercadeo. Se vende en paquetes: “indignación anticorrupción”, “indignación anti-élite”, “indignación anti-Estado”, “indignación anti-todo”. Es intercambiable, reutilizable, reciclable. Lo importante es cabalgar la ola de moda, no resolver la causa que la origina. Pedir resultados, avances, indicadores, es casi un acto de mala educación en la plaza pública digital: quien lo intenta es clasificado de inmediato en la orilla enemiga, acusado de ingenuo o mercenario, y entregado a la lapidación de bots y fans.
Mientras tanto, lo esencial queda fuera de plano: cómo vamos a financiar lo que prometen, qué sacrificios implica, qué reformas tributarias, qué prioridades presupuestales, qué mecanismos de evaluación, qué metas medibles. El teatro no tolera los Excel. Y sin números, sin cronogramas, sin métricas, la política es apenas una sesión fotográfica con presupuesto público.
La economía de la atención, versión política
Las campañas han adoptado el manual completo de la economía de la atención: enganchar, emocionar, polarizar, retener. La conversación se diseña para maximizar clics, no consensos; para acumular audiencia, no acuerdos. Cada mensaje se prueba con sondeos exprés, cada video se optimiza para el primer segundo, cada “live” se programa contra el rival en el horario de mayor fricción. Si la realidad estorba, se recorta; si el contexto complica, se omite. Todo sea por vencer al rival en el tablero de métricas que importa: alcance, vistas, “engagement”.
Pero gobernar exige la aritmética que las redes detestan: sumar fuerzas disímiles, restar costos políticos, multiplicar capacidades institucionales, dividir tareas. Nada de eso cabe en un reel. Por eso la distancia entre el “highlight” de campaña y el boletín de gestión es abismal. El espectáculo deslumbra; la administración aburre. Y lo que no entretiene, muere en la misma línea de tiempo que ayer celebró la frase célebre.
El precio del facilismo digital
El costo de normalizar este teatro no es solo estético; es democrático. Cuando el disenso se penaliza con linchamiento y la crítica se etiqueta como traición, las instituciones pierden su sentido. El debate público se achica a un partido de gritos en dos canchas. Quien se niega a jugar a ese ritmo es expulsado: “enemigo”, “vendido”, “tibio”. Así se fabrican mayorías ruidosas y minorías silenciadas; así se confunde temor con consenso.
Peor aún: el facilismo digital empuja a la ciudadanía a la apatía. El votante que ve a la política convertida en reality concluye que su decisión es irrelevante frente a la maquinaria del espectáculo. ¿Para qué estudiar propuestas inexistentes? ¿Para qué contrastar cifras que nadie entrega? ¿Para qué exigir rendición de cuentas si cuestionar te expone a la encerrona virtual? Esa es la victoria silenciosa del circo: desmovilizar al público que piensa, mientras fideliza al que aplaude.
Al final, la política no está condenada a ser un show de trolls con pauta. Pero salir de la carpa requiere incomodidad: candidatos dispuestos a hablar de cómo y cuánto, no solo de contra quién; medios y plataformas que prioricen verificación, no combustible para incendios; electores que premien la consistencia, no la pirotecnia. Quizá entonces podamos volver a discutir lo que importa: cómo se gobierna, con quién, con qué recursos, para qué resultados.
Hasta que eso ocurra, seguiremos con mucho circo y poco pan: fotos por propuestas, “likes” por legitimidad, ruido por rumbo. Y ya sabemos cómo terminan esas funciones: con la caja registradora vacía, la ciudad sin plan y el público saliendo en silencio, preguntándose en qué momento la política decidió renunciar a ser política.