En Colombia, la política se ha convertido en una especie de ritual repetitivo: se invocan palabras como democracia, participación y patriotismo, mientras por debajo de la mesa se despilfarran recursos públicos en decisiones que poco o nada cambian el rumbo del país.
Hoy asistimos, una vez más, al espectáculo de una consulta electoral costosa, innecesaria y profundamente desconectada de la realidad. Una consulta que, en términos prácticos, no definirá el liderazgo nacional ni el futuro del poder, sino —con suerte— el cuarto o, si mucho, el tercer lugar en una contienda presidencial donde ya se conocen los protagonistas con verdadera viabilidad.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿para qué gastar miles de millones en una competencia sin posibilidad real de triunfo?
La ensalada que nadie comerá
Los partidos insisten en sostener candidaturas que apenas rozan el 2% o el 3% de intención de voto, como si inflar nombres sin respaldo fuera una estrategia seria y no un acto de negación colectiva.
Es como preparar una ensalada que nadie quiere comer: llena de ingredientes forzados, mezclados sin coherencia, presentada como banquete nacional cuando en realidad es un plato que no convence ni a quienes lo sirven.
El problema no es solo electoral. Es moral. Porque cuando se insiste en mantener a flote candidaturas inviables, no se está defendiendo una causa: se está defendiendo un ego, una estructura burocrática o una nostalgia de poder.
Indiferencia disfrazada de democracia
La democracia no puede ser excusa para la irresponsabilidad fiscal. No puede ser bandera para justificar el gasto público en procesos que no responden a una competencia real, sino a una necesidad interna de los partidos de aparentar relevancia.
Esa indiferencia —porque no puede llamarse de otra manera— termina convirtiéndose en despilfarro.
Y lo peor es que no es un error ingenuo. Es un error repetido.
El ciclo eterno del autoengaño político
Muchos ciudadanos han intentado, durante estos cuatro años, defender discursos, proyectos y promesas con la esperanza de que algo distinto emerja del sistema político.
Pero cuando a la primera oportunidad se vuelve a cometer exactamente el mismo error —el mismo cálculo pequeño, el mismo afán de figurar, la misma desconexión con el país real— lo único que queda claro es que no hay aprendizaje.
Solo hay ambición disfrazada.
Solo hay carencia de poder, no convicción patriótica.
Porque si el interés fuera realmente Colombia, los partidos tendrían el valor de aceptar la realidad: que no todo nombre merece una consulta, que no toda aspiración debe financiarse con dinero público, y que no todo candidato aporta algo más que ruido estadístico.
Negarse a enfrentar la realidad
Aferrarse a candidatos sin viabilidad es negarse a enfrentar el momento político que envuelve al país. Es tirar al vacío cualquier intento de defensa ciudadana, porque se demuestra que el discurso era frágil: dependía del poder, no del principio.
Colombia no necesita más consultas para definir posiciones decorativas.
Necesita partidos con sentido de realidad.
Necesita responsabilidad.
Necesita dejar de financiar, con recursos de todos, los caprichos de unos pocos.
Porque cuando la política se vuelve un juego de egos, el país entero paga la cuenta.