¿Tú también, Brutus? La traición con agenda oculta

A veces la política ofrece espectáculos tan didácticos que habría que cobrarlos como masterclass. El caso de unas senadoras que, en plena campaña presidencial, prefirieron ausentarse el día clave antes que votar una iniciativa de descentralización y autonomía fiscal —esa que prometía más recursos para los departamentos y regiones— es uno de esos momentos pedagógicos. Cuatro millones de firmas, un proceso convocado y financiado, expectativas encendidas… y, al final, el más eficiente de los vetos: no estar. La democracia derrotada por la silla vacía con afán de tarima.

Dirán que no es traición si no hubo puñal; que no es sabotaje si no hubo discurso. Pero hay puñaladas que no dejan huella porque llegan por la espalda del silencio. Y hay lavadas de manos que no necesitan palangana: basta el comunicado extemporáneo. Pilatos estaría orgulloso; Brutus, emocionado por la actualización tecnológica de su método.

La jugada es de una simpleza admirable. Se convoca a un referendo que reúne millones de apoyos; se fija una votación para impulsar la descentralización; se preside una campaña nacional que exige cámaras, caravanas y selfies; y, cuando llega la hora de mostrar el esqueleto cívico, se elige la “agenda de territorio” (léase: plaza pública y teleprompter) por encima del tablero legislativo. Resultado: sin su voto no hay quorum suficiente, sin quorum no hay decisión, sin decisión no hay país, pero sí hay consignas para el mitin de la tarde.

Luego vienen las acrobacias verbales. La coreografía es conocida: “hubo malentendidos”, “el texto final no reflejaba las garantías”, “nadie nos avisó a tiempo”, “la culpa es de los que no sumaron”. Qué bellas son las excusas cuando ya no importan: suenan firmes, parecen técnicas, y sobre todo llegan cuando la puerta está cerrada. Pilatos se seca las manos con una toalla invisible; Brutus revisa el filo, satisfecho. El libreto de la irresponsabilidad incluye un acto adicional: prometer “iniciativas regionales” futuras, individuales, a la carta, ese menú privatizado de lo público que funciona perfecto como agenda de campaña… y fatal como política para un país.

Porque el punto no es menor. La descentralización y la autonomía fiscal no son caprichos tecnocráticos ni slogans para remeras. Son la diferencia entre territorios pidiendo permiso y territorios decidiendo; entre gobernaciones mendigando partidas y gobernaciones planificando con reglas claras; entre la impotencia burocrática y la responsabilidad territorial. Negarse a esa discusión por cálculo de campaña es como apagar los semáforos para llegar más rápido al debate y luego culpar al tráfico por los choques.

También hay que decirlo: el ausentismo legislativo tiene seguidores devotos. Es un método limpio, casi higiénico. No desgasta en plenaria, no obliga a argumentar, no deja registro incómodo. La abstención performática es la nueva filigrana de la política oportunista: permite cerrar puertas sin parecer quien las cierra. Uno ni siquiera debe ensuciarse; alcanza con no aparecer. Si la democracia es participación, la anti-política encontró su corbata favorita: la ausencia a tiempo.

A estas alturas, el libreto de post-derrota está en gira nacional. Se graba un video con fondo blanco y tono compungido. Se menciona la palabra “país” siete veces por minuto. Se acusa a “los extremos” de la “polarización” que —ironía mayúscula— habría sido neutralizada con un gesto sencillo: estar y votar. Se ofrece diálogo, se convocan mesas, se promete “la buena descentralización” (la que cabe en un pendón de campaña). Si el referendo fue una herramienta ciudadana avalada por millones, lo reducen a un accidente administrativo que no merecía su presencia. Y así, con una mezcla de excusas y eufemismos, convierten el dolor de una oportunidad perdida en una anécdota de backstage.

No se trata de exigir purezas inexistentes. La política es negociación, cálculo, renuncias. Pero hay líneas que no se cruzan sin pagar peaje moral. Cuando el pacto era con el país entero —no con un comité de aplausos—, ausentarse es un veredicto. Cuando el voto tenía nombre propio —regiones, departamentos, recursos—, la inasistencia es un dictamen. Y cuando la promesa era “estar a la altura”, la desaparición en la hora precisa es una confesión: la altura quedaba lejos de la tarima.

La comparación no es gratuita. Pilatos se lavó las manos para no cargar con la responsabilidad de un acto impopular. Brutus apuñaló a César en nombre de una causa que decía más de él mismo que de la República. Nuestras senadoras, según el guion de la coyuntura, encontraron el punto medio entre ambos: una puñalada que no deja sangre y una lavada de manos que no moja. Política exfoliante. Traición dermoestética.

¿Y el país? El país, como siempre, a cuenta. Los territorios seguirán esperando reglas claras para recaudar y decidir. Las alcaldías y gobernaciones seguirán calculando con lo que entra, con lo que tal vez entre, y con lo que jamás entrará. Las brechas no se cierran con eslóganes ni con selfies de carretera. El federalismo de discurso no paga nóminas, no financia hospitales, no mantiene vías terciarias. La autonomía fiscal no se habla: se aprueba, se reglamenta y se defiende con votos que aparecen, no con campañas que desaparecen.

Quedará, supongo, la enseñanza: la próxima vez que oiga promesas sobre las regiones, solicite el comprobante de asistencia. Pregunte por la lista: quién estuvo, quién no, quién llamó, quién inventó una reunión urgente en la otra punta del mapa. La democracia también es logística, y la responsabilidad política, puntualidad. No es romántico, pero sí eficaz.

Mientras tanto, sería sano que las excusas se tomen un descanso y la responsabilidad ocupe su silla. Reconocer el error no devuelve la votación, pero al menos dignifica el cargo. Aceptar que se privilegió la campaña sobre el país no repara el daño, pero desactiva la comedia del “yo no fui”. Si el compromiso era con cuatro millones de firmas y con una promesa de autonomía para las regiones, lo mínimo es decir la verdad completa, sin detergentes retóricos.

Porque al final, si de metáforas se trata, preferimos una política que se ensucie las manos trabajando y guarde los cuchillos en la cocina institucional. Y si alguien insiste en combinar el lavado con la estocada, que no pretenda además sonar heroico. La traición, por más moderna que se vista, sigue oliendo a lo de siempre.

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