Del ministerio al ring: los round de Armando Benedetti

En Colombia ya no hace falta una rueda de prensa para medir la temperatura del poder. Basta con abrir X y ver quién “ganó” la discusión del día: quién humilló, quién “expuso”, quién consiguió más likes con una frase hiriente. El problema es que, en la última semana, no hemos visto solo a una barra brava digital: hemos visto a un ministro del Interior comportándose como si la arena pública fuera una pelea personal permanente, y como si el Estado fuera un accesorio de su cuenta. En un país saturado de polarización, esa estética del choque no es folclor: es deterioro institucional.

El episodio con el exministro Luis Felipe Henao es un ejemplo de manual de la degradación. El intercambio estalló en X con acusaciones graves entre ambos, pero lo que marca época no es la discrepancia: es el tono. “Guerra sucia” lo llamó la prensa, y no parece exageración: insultos, señalamientos sobre patrimonios y alusiones a vínculos criminales se convirtieron en munición para un duelo de reputaciones en tiempo real. 

Luego vino el choque con Carlos Carrillo (director de la UNGRD), en medio de la pelea interna que también involucró a Angie Rodríguez (DAPRE). El ministro no se limitó a controvertir cifras o decisiones: se fue por la vena del ataque personal, con descalificaciones sobre la trayectoria profesional del funcionario, mientras insistía en que “si hay ataques” es porque “se está defendiendo”. Ese argumento —“yo no ataco, me defiendo”— es el comodín perfecto: convierte cualquier agresión en legítima defensa preventiva y cualquier crítica en persecución. 

Como si hiciera falta más gasolina, el rifirrafe con Luis Carlos Reyes (exdirector de la Dian) reactivó el patrón: acusaciones explosivas, insinuaciones de pertenencia a “organizaciones criminales”, confirmación de ser “alias orejas” y una respuesta en la que Reyes anuncia denuncia penal y remata con un “tenga la decencia de renunciar”. Esto ya no es “debate”: es judicialización por redes y señalamiento público con megáfono estatal. 

¿Y por qué importa tanto? Porque no estamos hablando de un influencer cualquiera. Estamos hablando del ministro encargado de tramitar acuerdos, bajar tensiones, construir mayorías y cuidar la convivencia política. Un ministro del Interior no puede convertir cada controversia en “hilo” y cada discrepancia en enemigo moral. Cuando el jefe de la política reduce el conflicto democrático a pelea, la política deja de ser deliberación y se vuelve espectáculo.

Hay una confusión peligrosa detrás de esta manera de comunicarse: creer que el “tono fuerte” equivale a “carácter” y que la agresividad equivale a “liderazgo”. No. La agresividad es, muchas veces, pereza argumentativa: reemplazar pruebas por insinuaciones, sustituir explicaciones por apodos, cambiar la complejidad del Estado por la simplicidad del linchamiento digital. En el mejor de los casos, eso es irresponsable. En el peor, es una forma de poder: instalar sospechas sin asumir las cargas de probarlas.

Además, esta dinámica tiene un efecto colateral: banaliza las denuncias reales. En un país donde la corrupción y el crimen organizado no son metáforas sino tragedias, lanzar acusaciones de ese calibre en X —como si fueran parte del libreto diario— degrada la gravedad de lo que debería tramitarse por vías institucionales. Si hay pruebas, a la Fiscalía. Si hay indicios, a los organismos de control. Si hay diferencias de gestión, al debate público con datos. Pero mezclarlo todo en un “trino-bala” es confundir justicia con audiencia.

Lo más inquietante es el contexto: mientras el ministro acumula frentes —incluso con encargos adicionales en el gabinete— la conversación pública se distrae en el ring. Y aquí la pregunta no es moralista, es práctica: ¿quién gobierna mientras el ministro pelea? ¿Quién cuida el trámite fino de las reformas, las crisis territoriales, la gobernabilidad con alcaldes y gobernadores, la seguridad política de un año preelectoral, si la agenda emocional la dictan los encontronazos? 

La defensa típica es conocida: “así es la política”, “si no respondo, me pasan por encima”, “hay que dar la pelea”. Pero un ministro no está para “dar la pelea” en X: está para resolverla en la realidad. Y si la política se vuelve una guerra de pantallazos, el país termina gobernado por impulsos: hoy se acusa, mañana se rectifica, pasado mañana se denuncia por injuria… y el Estado queda reducido a una pelea de egos con presupuesto público.

El país no necesita ministros “virales”. Necesita ministros sobrios. Y si la última semana nos deja una lección, es esta: cuando la política se acostumbra a insultar, el Estado aprende a gritar… y la democracia, lentamente, deja de escucharse a sí misma.

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