“Social bacanería”: el confort moral de la neutralidad que juzga

En Colombia se volvió elegante pontificar desde la barrera. Un nuevo estilo de superioridad moral —con aires de neutralidad exquisita— se instaló en debates, redacciones, cocteles y redes: la “social bacanería”. No pelea, no se ensucia, no se compromete con la defensa de la democracia cuando hace falta; pero sí reparte veredictos sobre quienes sí dan la cara.

El término tiene historia y mutaciones. En su origen mediático apareció como crítica a la frivolización de causas nobles: postureo “social” sin sustancia, esa “bacanería” que reemplaza responsabilidad por vitrina y premios, una advertencia contra convertir lo público y lo empresarial en escaparate moral más que en deber serio. Con los años, el rótulo migró a la arena política y cultural: tribus de “dueños de la moral” que declaran su amor por los desvalidos, pero jamás renuncian al privilegio del mantel largo ni al gusto por sermonear desde arriba.

Hoy, bajo el paraguas del “vivir sabroso”, parte del progresismo estrato 6 en el poder, fue bautizado por críticos —con rabia y sarcasmo— como “socialbacanería”: un repertorio de gestos, giras, indulgencias y narrativas que lucen bien en tarima, aun si el país se descose por dentro. Así la describen sus detractores al enumerar, por ejemplo, el guiño condescendiente a violentos, las giras glamorosas, o la política exterior de aplauso fácil mientras la economía se resiente.

¿Por qué el clima político actual es caldo de cultivo?

1) Inflación de superioridad moral. La política-identidad convirtió la virtud en marca personal. La “social bacanería” se alimenta de poses impecables: habla de paz, diversidad y justicia, pero rara vez acepta el costo de gobernar con resultados medibles. De ahí su alergia a que al otro le vaya bien: no tolera éxitos ajenos porque socavan su relato.

2) Medios y micrófonos cooptados por círculos cerrados. No es un secreto el entrelazamiento —denunciado por distintas orillas— entre plata pública, pauta, y opinión supuestamente neutral. Ese ecosistema premia la crítica desde el palco y castiga al que contradice el guion del “circulito”, consolidando la hegemonía del juicio sin riesgo.

3) Algoritmos y estética del gesto. La conversación digital gratifica la indignación performativa sobre la evidencia; importa más parecer justo que ser responsable. La bacanería social encontró aquí su hábitat: hilo moral, selfie en marcha, comunicado impecable… y cero consecuencias asumidas.

4) Normalización del doble rasero. Los mismos que predican “neutralidad” juzgan con severidad quirúrgica a quienes se queman en la intemperie democrática. Cuando callan frente a los abusos del propio bando y se ensañan con los del rival, la neutralidad es simple encubrimiento elegante.

5) Frivolización de lo público. Volvió la lógica de la estatuilla y el foro bien iluminado: reputación por encima de resultados. Es la vieja advertencia contra la “bacanería social” —la forma que empobrece el fondo— actualizada a la política 24/7.

Anatomía de la “neutralidad que juzga”

  • No interviene cuando el Estado se desliza hacia el capricho o la componenda;
  • Sí pontifica con columnas, hilos y paneles donde deslegitima a quienes ponen el cuerpo;
  • No audita a los suyos;
  • Sí exige pureza imposible al adversario.

Esa neutralidad no es prudencia republicana: es cálculo reputacional. Y cuando el cálculo sustituye al carácter, la grieta democrática se agranda.

¿Qué hacer (y qué no)?

  • No compremos el canto de sirena del gesto perfecto. La república se defiende con instituciones que funcionan, con datos, con ley aplicada por igual.
  • distingamos entre crítica responsable (la que contrasta hechos, rinde cuentas y corrige) y moralina de palco (la que solo acusa a conveniencia).
  • apostemos por mérito y resultados: el mejor antídoto contra la bacanería es mostrar que la gestión seria mejora vidas sin estridencias ni cultos a la personalidad.

Subiendo el tono desde la orilla activista

Se puede discrepar de cualquiera —yo lo hago a diario—, pero no hay democracia sin coraje cívico. Colombia no necesita más árbitros con copa de vino ni fiscales de Instagram dictando clase de ética; necesita ciudadanos que elijan carácter sobre aplauso, verdad sobre consigna, servicio sobre vitrina.

La “social bacanería” no es una idea: es un hábito de comodidad. Y los hábitos se rompen con ejemplo y con resultados, no con sermones.

Share This Article
No hay comentarios