A cuatro meses de que arranquen en serio las campañas legislativas para marzo de 2026, las listas al Congreso se están llenando de rostros conocidos… pero no precisamente por su trayectoria en debates de control político, sino por sus videos virales en TikTok, sus hilos incendiarios en X o sus denuncias de un minuto en Instagram.
Influencers y activistas digitales —muchos de ellos sin experiencia previa en cargos de elección ni en negociación legislativa— están ocupando puestos privilegiados en listas cerradas y abiertas de varios partidos y coaliciones, tanto izquierda como derecha, pasando por fuerzas tradicionales que han descubierto que el algoritmo moviliza más que la sede de barrio.
El fenómeno no es nuevo. En 2022 llegaron al Congreso figuras como el youtuber Jota Pe Hernández, la activista digital Mafe Carrascal y la veedora Catherine Juvinao, quienes capitalizaron audiencias construidas en redes para saltar a curules nacionales. Y ya hay estudios académicos que analizan cómo emociones, estilos de vida y estrategias digitales fueron determinantes para que varios influenciadores pasaran “de sus contenidos cotidianos a una curul en la rama legislativa”.
La pregunta de fondo no es si esto “gusta” o no, sino qué le aporta —y qué le quita— a la calidad de la democracia que el Congreso se llene de celebridades digitales sin oficio político probado, justo cuando más se necesita un Legislativo fuerte y competente.
Los pros: lo que gana la democracia con estas candidaturas
1. Renovación de élites y ruptura de los mismos de siempre
En un Congreso capturado durante años por clanes regionales y maquinarias clientelistas, la irrupción de influencers y activistas tiene un efecto disruptivo evidente: rompe la inercia. Cuando listas de opinión logran colar nombres fuera de los círculos tradicionales, se envía una señal clara a los partidos: ya no basta con el pertenecer a los grupos de los gamonales de siempre, hay electores dispuestos a premiar rostros y discursos distintos.
Que coaliciones mezclen exfuncionarios con activistas digitales y expertos sectoriales —como Missmelindres en Antioquia— refleja un intento de diversificar perfiles y no resignarse a los barones políticos de siempre. Esa mezcla, en teoría, enriquece la representación: entra gente que conoce el sistema desde fuera, no solo quienes llevan décadas viviendo del erario.
2. Conexión con generaciones desconectadas de la política tradicional
Los partidos llevan años lamentándose de que los jóvenes “no votan” mientras siguen comunicando como si estuviéramos en 1998. Los influencers llenan ese vacío: hablan el lenguaje de quienes consumen política en historias de 15 segundos, memes y directos de Twitch, y son capaces de traducir el debate público a códigos cotidianos.
Ese puente importa. Un Congreso encerrado en su jerga técnica termina legislando de espaldas a una ciudadanía que simplemente dejó de escuchar. Si algunos creadores de contenido logran llevar al Capitolio las preocupaciones de audiencias jóvenes —salud mental, precarización laboral, derechos digitales, cambio climático—, hay un potencial democratizador real.
3. Causas que los partidos ignoraron durante años
Buena parte de los activistas digitales que hoy dan el salto a la política institucional no surgieron de la nada: llevan años defendiendo pacientes del sistema de salud, denunciando abusos policiales, visibilizando violencias de género o desmontando la desinformación sobre derechos de minorías.
Cuando una activista de salud como Hannah Escobar (Missmelindres) decide competir por una curul a la Cámara para representar a pacientes y cuidadores, lo que se pone sobre la mesa es la entrada de agendas ciudadanas que el tecnocratismo legislativo había reducido a “problemas de gestión”. Lo mismo ocurre con defensores de causas ambientales, comunitarias o de control ciudadano al Congreso.
4. Transparencia y comunicación directa
Un influencer que vive de mostrarse, por definición, le teme menos a la cámara que un congresista tradicional que solo aparece cuando inaugura una obra. Si se usa bien, eso puede traducirse en mayor rendición de cuentas: sesiones comentadas en vivo, explicaciones pedagógicas de proyectos de ley, debates transmitidos sin editar y con lenguaje claro.
La pregunta es si esa transparencia se enfocará en lo importante (cómo vota, qué propone, con quién se alía) o en lo anecdótico (qué come en la cafetería del Congreso). Pero la herramienta está ahí.
Los contras: lo que se pone en riesgo
Hasta aquí, suena prometedor. El problema es que, en la práctica, el auge de influencers y activistas sin experiencia legislativa trae al menos cinco riesgos serios.
1. La banalización del oficio legislativo
Hacer oposición o activismo en redes no es lo mismo que escribir un artículo de ley, negociar una ponencia o revisar un presupuesto nacional. El Congreso colombiano, con todas sus miserias, sigue siendo el corazón del sistema de pesos y contrapesos: sin un Legislativo técnico, la democracia se debilita.
Cuando los partidos ubican en los primeros renglones de listas cerradas a personas cuya principal credencial es su número de seguidores, envían un mensaje peligroso: legislar es sencillo, cualquiera que “la rompa en redes” puede hacerlo. Se desconoce así el carácter profesional que debería tener el trabajo parlamentario.
2. La lógica del algoritmo colonizando la representación
Las redes sociales premian lo que indigna, polariza y simplifica. No premian la duda razonable, el matiz, el acuerdo. Eso ya lo advertía un reciente análisis sobre cómo los influencers se han convertido en “actores capaces de moldear narrativas y hasta definir el rumbo de una elección”.
Si al Congreso llegan figuras que dependen económicamente de mantenerse virales, el incentivo no será construir consensos silenciosos en comisión, sino producir el siguiente clip escandaloso. Así, la política corre el riesgo de convertirse en un reality show permanente en el que lo importante es humillar al adversario ante la audiencia, no sacar adelante normas complejas.
3. Populismo exprés y desinformación a gran escala
La combinación de desconocimiento técnico con enorme alcance digital es explosiva. Ya hay evidencia de que parte del activismo digital en torno a debates legislativos —por ejemplo, sobre derechos LGBTIQ+— ha recurrido a narrativas engañosas o abiertamente falsas para movilizar emociones.
Si ese estilo se traslada al recinto, podríamos ver congresistas usando su curul como plataforma para amplificar desinformación con sello institucional. La línea entre “simplificar para explicar” y “mutilar la realidad para emocionar” es delgada, y muchos creadores de contenido ya la han cruzado.
4. Dependencia de padrinos y maquinarias “disfrazadas de tendencia”
La foto seduce: jóvenes con ropa informal, lenguaje fresco, “antipolíticos” que prometen “limpiar el Congreso”. Pero cuando uno mira los detalles, descubre que buena parte de estos influencers llegan impulsados por los mismos partidos de siempre —llámense Pacto, Centro, derecha tradicional o coaliciones de “centro renovador”— que los ubican estratégicamente para oxigenar su marca sin ceder realmente el control.
En otras palabras: el riesgo no es solo el influencer sin experiencia, sino el influencer cooptado por estructuras viejas que encontraron un nuevo empaque para vender el mismo contenido. La “renovación” puede terminar siendo cosmética, no estructural.
5. Carrera política de ocasión y alta rotación
El propio título de un artículo académico reciente lo sugiere: ¿“políticos profesionales o por eventualidad”? Muchos influenciadores-congresistas pueden ver la curul como una temporada más de su serie personal: hoy Congreso, mañana reality, pasado mañana marca de ropa o canal de streaming.
Esa lógica de carrera efímera es incompatible con la necesidad de construir conocimiento parlamentario acumulado. El país necesita congresistas que se vuelvan expertos en presupuestos, justicia, energía o salud, no figuras de paso cuya prioridad es mantener la marca personal por encima del trabajo de largo aliento.
El verdadero problema: los partidos en piloto automático
Es tentador culpar solo a los influencers. Pero el núcleo del asunto está en otra parte: en partidos incapaces de hacer formación política, de construir cuadros y de sostener proyectos ideológicos coherentes.
En vez de invertir años en preparar liderazgos territoriales, muchos directorios han optado por la salida más fácil: fichar a quien ya trae una audiencia hecha. La lógica es contable: “si tal creador tiene 500.000 seguidores, eso son tantos votos potenciales”.
El resultado es perverso: la puerta de entrada al Congreso ya no es solo el capital económico o el apellido, sino también el capital algorítmico. Si no tienes maquinaria ni seguidores, quedas fuera. La representación política termina secuestrada entre dos extremos: el gamonal de siempre y el influencer de ocasión.
¿Prohibirlos? No. Exigirles mucho más, sí.
La salida no es cerrarles el paso a influencers y activistas sin experiencia; sería tan absurdo como decir que un líder social o un académico no puede aspirar porque nunca ha sido congresista. La democracia necesita sangre nueva.
Lo que sí puede —y debe— discutirse es qué condiciones mínimas deberían cumplir quienes dan este salto:
- Trayectoria verificable en causas públicas, más allá de la cámara del celular.
- Compromisos claros de transparencia, incluyendo la separación entre ingresos por pauta comercial y actividad política.
- Formación básica en lo que van a legislar: presupuestos, técnica normativa, control político.
- Mecanismos internos de los partidos que impidan que las listas se definan solo por fama, y no por mérito y coherencia programática.
Y, sobre todo, una ciudadanía menos ingenua, que deje de confundir carisma con liderazgo, cercanía con solvencia y viralidad con sabiduría. Que entienda que el Congreso no es un escenario para “streamers del poder”, sino la institución que sostiene —o derrumba— los frenos y contrapesos de la democracia.
Mientras no asumamos esa discusión con seriedad, seguiremos entre dos peligros: o nos resignamos a los mismos de siempre, o ponemos el futuro del país en manos de quienes creen que gobernar es solo “subir contenido”.