Daniel Quintero: el camaleón sin escrúpulos

En Colombia, la coherencia política suele ser un lujo. Pero hay casos que ya no son “flexibilidad ideológica”: son transformismo. Daniel Quintero Calle parece haber convertido la trayectoria partidista en camerino: entra, se maquilla, posa, sale, y vuelve a entrar con otro vestuario. No es solo el “paso por” distintas orillas; es la manera en que cada estación se vende como si siempre hubiera sido su destino.

Ahí está el inventario, contado por crónicas que reconstruyen su ruta: conservador, liberal, “Partido del Tomate” y, más tarde, el rótulo que lo llevó a la Alcaldía de Medellín (Independientes), antes de intentar acomodarse en el Pacto Histórico.  Y ahora, cuando la Registraduría y la judicialización le aprietan el camino, la puesta en escena se actualiza: La FM reporta que el movimiento indígena AICO le entregó el aval para aspirar a la Presidencia. 

La política como disfraz: hoy de izquierda, mañana de “minoría”

Lo delicado no es que un político cambie de partido. Lo grave es cuando cambia de discurso como quien cambia de chaqueta… y espera que el público lo aplauda por “evolucionar”, no por oportunismo.

Porque el aval de AICO no llega en el vacío: llega después del enredo con su camino presidencial y cuando, la audiencia de acusación por el caso “Aguas Vivas” fue suspendida y quedó fijada para continuar el 13 de febrero de 2026.
Es decir: tarima y estrado caminando en paralelo. Micrófono y expediente, en la misma foto.

Medellín no fue laboratorio: fue vitrina del abandono

Quintero también fue alcalde de Medellín cuando la crisis humanitaria de población Emberá se hizo inocultable en el centro de la ciudad. Aun se recuerda uno de los episodios más simbólicos: cerca de 500 indígenas Emberá Katío llegaron a tomarse La Alpujarra; el propio Quintero respondió en redes con frases sobre no permitir “mendicidad” e “instrumentalización de menores” y prometió pagar el retorno, mientras la comunidad exigía soluciones de fondo. 

Y la escena se volvió todavía más elocuente cuando, en un consejo de gobierno televisado, fue increpado por la consejera indígena Andrea Muyuy, quien le reclamó por expresiones que —según ese registro periodístico— estigmatizaban a las comunidades y evidenciaban desconocimiento de términos y autoridades indígenas.
No era solo un choque verbal: era el retrato de una administración que hablaba de “innovación” mientras la ciudad veía, en semáforos y calles, la miseria como rutina y la institucionalidad como trámite.

El “candidato presidencial” y el elemento distractor del proceso judicial

Pero la pregunta pública es otra: ¿con qué autoridad moral se pide gobernar el país cuando se está caminando hacia una fase clave de juicio?

El caso “Aguas Vivas” ya llegó a etapa de acusación formal contra Quintero y exfuncionarios, según reportes internacionales; y la audiencia que abre ese tramo fue reprogramada para febrero de 2026. A esto se suma el contexto de múltiples investigaciones que han dejado una cifra que no cabe en un titular pequeño: Más de 43 exfuncionarios imputados en casos asociados a contratación, mostrando que la sombra judicial no es un asunto de una sola persona sino de una administración completa bajo escrutinio.

Así que sí: hoy Quintero se presenta con aval indígena. Pero la realidad no cambia por maquillaje. Si algo debería ser sagrado en un país con heridas históricas contra sus pueblos originarios, es que la identidad étnica no se use como “escudo narrativo” ni como atajo de campaña.

¿Programa o personaje?

Cuando un político ha pasado por tantas etiquetas, el problema ya no es el cambio: es el método. Y el método parece ser este: buscar tarima donde haya tarima, y buscar relato donde el relato sirva.

Hoy el relato intenta ser “minoría”. Ayer fue “indignación”. Antes fue “independencia”. Y, cuando conviene, “progresismo”. Pero Medellín ya vio lo que pasa cuando el marketing reemplaza a la política pública: la crisis social no se resuelve con frases, y el dolor de comunidades desplazadas no se administra con trinos.

Que Quintero quiera ser presidente es indignante. Que pretenda hacerlo disfrazándose —política y simbólicamente—, mientras se acerca una audiencia clave en su proceso, es aún peor: eso ya no es democracia vibrante. Eso es teatro.

Y Colombia, francamente, no aguanta más actores que confundan el país con un escenario.

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