En la Colombia actual, marcada por fracturas ideológicas y una creciente polarización, se alza una pregunta crucial: ¿quiénes están llamados a ser los herederos del país que hemos construido? Esa respuesta apunta sin titubeos hacia la llamada “generación de relevo” —los jóvenes que en sus manos tienen no solo la continuidad de la nación, sino la defensa de los pilares que históricamente han sostenido nuestra sociedad: la familia, la propiedad privada, el trabajo, la democracia y los valores tradicionales.
Sin embargo, lo que debería ser un relevo natural y fortalecido parece hoy corroído por una crisis de valores profundamente influenciada por la expansión de una ideología de izquierda que ha impregnado con notable eficacia los entornos educativos, culturales y digitales del país. Se trata de una narrativa que, disfrazada de progresismo, ha promovido el resentimiento de clases, el desprecio por el mérito y la inversión emocional en utopías estatistas y colectivistas que ya fracasaron estrepitosamente en la historia reciente de América Latina.
Una generación en disputa
La juventud colombiana de hoy se enfrenta a un vacío existencial y axiológico que no se limita únicamente a los libros o a los debates académicos. En muchos casos, se expresa en el desdén por la familia como núcleo social primario, en la relativización de la democracia representativa, en la desconfianza generalizada hacia la empresa privada y en el rechazo hacia el esfuerzo como vía legítima para el progreso.
No es casual. Este fenómeno es consecuencia de décadas de tolerancia institucional a una pedagogía ideológica disfrazada de pensamiento crítico, donde se ha preferido formar activistas que ciudadanos, y se ha diluido la idea del mérito personal en una niebla espesa de derechos sin deberes. La academia, llamada por vocación a formar el intelecto y a cultivar virtudes, ha caído —en muchos sectores— en la trampa de reproducir discursos maniqueos donde el empresario es explotador, la propiedad privada es sinónimo de abuso y la tradición un obstáculo para la libertad.
El rol de la empresa y el trabajo
Por su parte, la empresa privada no puede permanecer ajena al fenómeno. Más allá de generar empleo y dinamizar la economía, su papel como formadora de cultura organizacional y ciudadana es determinante. Cada empleado, cada joven que se vincula al mundo productivo, debería encontrar no solo un salario, sino un entorno que lo motive a valorar el esfuerzo, la disciplina, la legalidad y el respeto por las reglas de juego del sistema democrático.
Empresas que silencian estos valores por miedo a las etiquetas o por neutralidad mal entendida, terminan allanando el camino para que ideologías antisistema ganen terreno. No inculcar el valor del trabajo, la iniciativa y la autonomía es, de forma indirecta, ceder el alma de la empresa —y del país— a quienes promueven la intervención estatal como única vía de justicia social.
Democracia o dictadura ideologizada: el dilema crucial
Colombia atraviesa un momento bisagra en su historia política, donde la “generación de relevo” está llamada a decidir entre dos rutas: consolidar una democracia imperfecta pero perfectible, donde el mérito, el trabajo y la libertad individual sean defendidos, o dejarse arrastrar por el canto de sirena de ideologías que prometen igualdad sin esfuerzo y justicia sin responsabilidad.
Esta no es una discusión anacrónica. Países como Venezuela, Nicaragua o Cuba nos recuerdan con brutalidad lo que ocurre cuando las nuevas generaciones entregan su destino a líderes mesiánicos, que usan el lenguaje de los derechos para destruir las instituciones que los garantizan.
Colombia aún está a tiempo. Pero necesita una generación joven con coraje intelectual y moral para defender la democracia con más fuerza de la que tiene la izquierda radical para destruirla. Requiere líderes que no renieguen de la tradición, sino que la proyecten al futuro. Ciudadanos que abracen el estudio como herramienta de transformación, el trabajo como motor de dignidad y la libertad como condición de toda auténtica igualdad.
Es momento de que la academia retome su compromiso con la verdad y no con la militancia. Que las empresas entiendan que su impacto va más allá del PIB y se mide también en valores. Que las familias, núcleo esencial de cualquier civilización, se mantengan firmes frente a los discursos que las quieren diluir. Y que los jóvenes —esa generación de relevo— abracen su rol histórico con madurez, responsabilidad y visión.
El país que tengamos en 20 años dependerá de las decisiones que esa generación tome hoy. Y en esa decisión binaria entre democracia y dictadura ideologizada, no puede haber lugar para la indiferencia.