Manspreading político: La mujer como escalón en la política

El manspreading nació como una escena cotidiana: un hombre en el transporte público que, con las piernas abiertas, ocupa más espacio del que necesita y obliga a los demás a encogerse. En política, el gesto se repite, pero con micrófonos, titulares y avales: hombres que se expanden hasta tapar. No se trata solo de ego; se trata de poder. Y, sobre todo, de quién recibe el “oxígeno” mediático y quién termina respirando por debajo de la mesa.

Hoy, en Colombia, el fenómeno tiene una variante particularmente tóxica: candidatas competentes que, en lugar de ser evaluadas por su propuesta, quedan atrapadas en la narrativa de los hombres que las rodean—familiares, ahijados políticos, coequiperos, jefes de campaña, estrategas o aliados que ayer aplaudían y hoy “toman distancia” con una facilidad que rara vez se cobra en las urnas.

El truco: poner a una mujer al frente… y mover el poder detrás

En el discurso, a los partidos les encanta “abrirse” a las mujeres: se declaran modernos, incluyentes, paritarios. En la práctica, muchas veces la mujer se vuelve el empaque presentable de un proyecto diseñado por otros. No lo digo como consigna: incluso desde la institucionalidad se ha advertido que hay mujeres instrumentalizadas para completar listas y cumplir la cuota de género. El propio Consejo Nacional Electoral reconoció, en un caso, evidencia de instrumentalización para llenar la lista y cumplir la cuota exigida. Y esa cuota existe: las reglas colombianas obligan a que, en listas para corporaciones públicas con más de cinco curules en juego, haya un mínimo de 30% de uno de los géneros.
Eso, que es un avance, también revela el problema: la democracia se conforma con el “mínimo”. Con cumplir. Con llenar el requisito. Con poner nombres sin garantizar condiciones reales de competencia.

El “caso reciente” que ya conocemos, aunque no digamos nombres

En las últimas coyunturas electorales vimos un guión que se repite: una mujer entra en carrera con credenciales, discurso, equipo y ambición legítima. Pero, en poco tiempo, los escándalos de hombres cercanos (o sus decisiones, o sus guerras internas) empiezan a devorar el relato: que si el familiar, que si el ungido, que si el aliado, que si el financiador. El foco se desplaza. La candidata termina respondiendo por lo ajeno, explicando lo que no hizo, pagando costos que no generó.

Hasta que llega el golpe final, el más “administrativo” y el más brutal: pierde el aval, se diluye la candidatura y queda la moraleja equivocada. No es que “las mujeres no sirven”; es que el sistema las usa y luego las suelta cuando dejan de ser útiles o cuando ya cumplieron su función táctica.

Y mientras tanto, los hombres que ayer eran su sombra—sus aliados, sus voceros, sus “escuderos”—recorren su propio camino. Se reubican. Se relanzan. Se vuelven “presidenciables”, “salvadores”, “la nueva cara”. Crecen en visibilidad. Crecen en favorabilidad. La mujer queda como nota al pie.

Eso es manspreading político: ocupar el espacio de una candidatura femenina hasta volverla invisible.

Los medios también participan: el titular busca testosterona

La prensa—y más aún, el ecosistema digital—tiene parte de responsabilidad: el escándalo masculino “rinde”. Vende. Viraliza. La mujer, en cambio, suele ser tratada como el “contexto humano” del drama: la esposa, la madre, la ficha, la cara amable, la que “debe explicar”. Razón Pública lo ha descrito con claridad: a las mujeres se les llama para sumar votos o representar diversidad, pero se les bloquea el ejercicio real del poder, y los medios contribuyen a la deslegitimación cuando reducen trayectorias a estereotipos o superficialidades. 

Razón Pública

Y si a eso se le suma la violencia política—que no siempre es un golpe físico, pero sí un golpe sistemático a la reputación—el panorama empeora. Un estudio difundido por ONU Mujeres sobre experiencias de candidatas en elecciones locales reportó que una proporción muy alta afirmó haber sufrido algún tipo de violencia durante campaña (incluida violencia simbólica y digital). 

Montería Hoy
La MOE, por su parte, ha insistido en que la violencia contra las mujeres en política es una de las barreras más persistentes para su participación en igualdad.

 Misión de Observación Electoral

¿Colombia está lista para mujeres en el poder?

La pregunta aparece siempre, como si el problema fuera cultural en abstracto y no operativo y estructural. Yo la voltearía:
¿Están listos los partidos para no usar mujeres como accesorios?
¿Está listo el periodismo para cubrir mujeres por gestión y no por entorno?
¿Está lista la política para sancionar a los hombres que parasitan campañas ajenas y luego se lavan las manos?

Porque candidatas hay. Y muchas. En 2023, por ejemplo, hubo decenas de miles de candidaturas de mujeres en elecciones territoriales, alrededor del 39% del total de aspirantes según cifras compiladas por la MOE.
El problema no es la “oferta” de mujeres. El problema es el techo de cristal con alfombra roja: las dejan entrar a la foto, pero no al cuarto donde se decide.

¿Qué habría que cambiar?

Aval con responsabilidad extendida: si un partido “respalda” una candidatura, debe responder por los filtros éticos no solo de la candidata sino del núcleo estratégico (financiación, ahijados políticos, asesores clave, voceros). Si el riesgo está en los hombres del entorno, el control debe estar ahí, no al final castigando a la mujer.

Pactos internos que protejan el liderazgo femenino: no más candidatas “prestadas” para cumplir cuota. La cuota sin poder real se vuelve maquillaje. Y el maquillaje, en política, suele correrse con la primera crisis.

Cobertura con enfoque de gestión: menos “¿qué dijo el aliado?” y más “¿qué propone ella?”. Menos novela, más programa. Eso no es propaganda: es equilibrio.

Nombrar el manspreading político como violencia simbólica: no todo es delito, pero sí todo es daño. Invisibilizar, desplazar, reducir a “la candidata de…” también es una forma de expulsión del espacio público.

La democracia no se mide por cuántas mujeres aparecen, sino por cuántas deciden

Una democracia madura no es la que presume “candidatas” en afiches. Es la que garantiza que una mujer pueda liderar sin cargar con el prontuario, la vanidad o la guerra interna de los hombres que la rodean. Y que si hay responsables, sean esos responsables quienes paguen el costo, no la candidatura femenina.

Colombia no necesita más mujeres como decoración electoral. Necesita mujeres como “sujetas” políticas plenas—con poder, con control, con autonomía, con respaldo real.
Hasta que eso pase, seguiremos viendo el mismo espectáculo: hombres abriendo las piernas en el bus de la política, y mujeres tratando de no desaparecer entre el ruido.

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