Déjà vu paisa

Anoche —10 de septiembre de 2025— volvió a sentirse ese viejo temblor en el estómago: otra detonación contra infraestructura eléctrica y la ciudad otra vez con el pulso acelerado. Mientras las autoridades terminan de confirmar los detalles del hecho, lo cierto es que esto no cayó del cielo: en 2025 ya venimos sumando explosiones contra torres de transmisión en Medellín y en varios municipios de Antioquia. La primera gran alerta del año fue el 17 de junio en La Asomadera (sí, el mismo cerro de tantas historias), donde estalló un artefacto y la Policía desactivó otros dos. Consejo de seguridad urgente, comunicados indignados y una frase que ya es plantilla: “los terroristas son cobardes”.

Ese día, como en los 80, el primer reflejo fue marcar a la familia: “¿están bien?”. La diferencia es que ahora, en vez de esperar el noticiero de la noche, WhatsApp y X hacen el papel de radioperadores civiles: videos del estruendo, fotos de la base de la torre, audios con “me dicen que…”. La ansiedad en tiempo real. (Y, claro, también la desinformación en tiempo real).

No fue un hecho aislado. El 13 de agosto, en Maceo (Magdalena Medio antioqueño), dos torres fueron atacadas con explosivos; autoridades locales señalaron a disidencias de las Farc como probables responsables. Para rematar, en junio también reportaron ataques en San Roque y Yolombó. La lista parece escrita con molde.

Los datos pintan el mural completo: entre enero y julio de 2025, los ataques a infraestructura en Colombia aumentaron 147% frente al mismo período de 2024, según seguimiento reciente citado por medios a partir del #DateoFIP de la Fundación Ideas para la Paz. ¿Casualidad? ¿O la “paz total” terminó en “paz a plazos” mientras los grupos armados miden músculo a punta de torres, oleoductos y carreteras? Pregunto por un país. 

En los años 80, Medellín aprendió costumbres dignas de manual de guerra urbana: pegar cinta en los vidrios para que las ondas de choque no los hicieran trizas dentro de la sala; rutas alternativas, oído fino para distinguir “pólvora” de “bomba”, y la rutina macabra de contar muertos por emisora. Hoy, esa memoria no es nostalgia: es advertencia. El Museo Casa de la Memoria lleva más de una década recordándonos que la ciudad ya vivió la combinación de miedo cotidiano con respuestas oficiales que llegaban tarde, mal o nunca. ¿De verdad queremos repetir la página?

La política del susto (y la seguridad en promo)

Cada explosión es también un spot de campaña involuntario. Suben los decibeles, bajan los matices, y aparecen los candidatos con combo de “video en redes+quejas sobre la inseguridad+propuestas poco realistas+frase de “ya lo habíamos advertido””.

Mientras eso sucede, incluso algunos elegidos popularmente, celebran que el porcentaje de recaudo de la tasa de seguridad destinada a fortalecer la defensa del departamento no haya sido el esperado, al mismo tiempo que se burlan de la derrota de la autonomía fiscal en el Congreso, porque finalmente a veces para algunos es mejor ser crítico que propositivo.

El Gobierno Nacional continúa en su gimnasia de equilibrista: discursos de paz con grupos que no paran de atacar bienes estratégicos, y respuestas que llegan a destiempo. En la realidad los picos de violencia se notan en los indicadores y en la piel: barrios a oscuras, trochas bloqueadas, minas antipersona donde ayer había camino, y ahora torres que vuelan con alarma de madrugada.

Lo que cambia y lo que no

Mientras que antes la ciudad pegaba cinta y hacía filas en cabinas telefónicas, hoy pegamos el ojo a la pantalla y hacemos filas virtuales de rumores; antes los carteles marcaban la agenda del terror, hoy presuntas disidencias y otros grupos mueven fichas con idéntico desprecio por la vida y la infraestructura; antes la política prometía “recuperar el orden” a punta de titulares, hoy promete lo mismo, pero con mejores diseños de pieza para redes.

La conclusión es menos ingeniosa que urgente: si el Estado negocia sin controlar el territorio, y gobierna sin aplicar consecuencia, el vacío lo ocupa el que grita más duro y detona más alto. Y Medellín —que ya sabe cómo se siente— no necesita otro curso acelerado de memoria histórica en plena madrugada.

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