Dejen de subestimar el deseo de perpetuidad

Hay una frase que debería estar escrita en letras rojas en la puerta de entrada de la política colombiana: en Colombia no se pierde hasta que se pierde de verdad. Y aun así, seguimos actuando como si cada victoria momentánea fuera una garantía permanente. Como si la institucionalidad fuera una muralla infranqueable. Como si el poder —una vez conquistado— no tuviera la tendencia natural a querer quedarse.

Por eso el título de este texto no es una provocación gratuita: es un llamado urgente. Dejen de subestimar el deseo de perpetuidad. Porque lo que está ocurriendo con la idea de una Constituyente impulsada desde el Gobierno Petro no es un comentario suelto, ni un “globo” para distraer, ni una estrategia de conversación. Es una ruta, lenta, calculada, insistente, y —sobre todo— coherente con una manera de entender el poder.

Hoy, a puertas abiertas, el Gobierno ha avanzado en la formalización de mecanismos para impulsar una Asamblea Constituyente, incluso mediante recolección de firmas a través de un comité promotor inscrito ante la Registraduría. Eso no es rumor: es un hecho. 

Y aun así, muchos siguen reaccionando con la misma ingenuidad de siempre:
“Eso no va a pasar”.
“Eso no tiene viabilidad”.
“El Congreso no lo permitiría”.
“Las Cortes lo frenan”.
“El país no lo acepta”.

¿En serio? ¿Todavía?

La historia reciente está llena de ‘imposibles’ que pasaron

Lo más alarmante no es que se plantee la Constituyente. Lo más alarmante es que gran parte del país insiste en subestimar la voluntad política de quien la impulsa, tal como se subestimaron otros procesos que hoy son realidad.

1. Subestimaron que Petro llegara al poder

Durante años, los sectores tradicionales trataron a Petro como una anomalía: un fenómeno pasajero, una amenaza contenible, un candidato que “no podía ganar” porque Colombia “no era así”.
Hasta que ganó.
Y no solo ganó: reorganizó el debate público, cambió el eje ideológico del país y convirtió la confrontación institucional en un método de gobierno.

2. Subestimaron el acuerdo de paz cuando se sintieron seguros con la derrota del “Sí”

El 2 de octubre de 2016, el plebiscito del acuerdo de paz se perdió por un margen mínimo. El “No” ganó por 50,22% frente a 49,78%.
Y muchos se sintieron tranquilos: “Se cayó el acuerdo”.

Pero el acuerdo no se cayó. Se renegoció, se firmó de nuevo y se implementó mediante otros caminos institucionales.
La supuesta victoria fue simbólica, no definitiva.

3. Subestimaron que veríamos a exguerrilleros con curules en el Congreso

Hubo quienes dijeron: “Eso jamás pasará”.
Pues pasó. Se creó un marco legal para garantizar representación política al partido surgido del tránsito de las FARC a la vida legal, incluso con reglas específicas para la asignación de curules.
Y más allá de debates morales o políticos, el punto es este: lo que parecía impensable ocurrió.

4. Subestimaron que las altas cortes terminarían avalando lo que ayer parecía absurdo

La historia institucional colombiana está llena de fallos que, décadas atrás, habrían sido considerados imposibles o inviables. Hoy son doctrina, precedente y realidad.

Y por eso es ingenuo creer que el “sentido común” es un freno suficiente. El poder aprende. Los proyectos políticos se adaptan. Y las instituciones, aunque fuertes, también se desgastan.

La Constituyente no es solo una propuesta: es un síntoma

La insistencia del Gobierno en la figura del “poder constituyente” no aparece de la nada. En 2025, el presidente volvió a impulsar la idea con mayor intensidad, conectándola con un discurso de “bloqueo institucional” y con pasos concretos para activar el proceso. 

Incluso se ha hablado públicamente de usar mecanismos de participación como una “papeleta” para respaldar la idea, lo cual revela que la estrategia no depende solo del Congreso: busca construir presión social, narrativa de legitimidad, y fatiga institucional.

Y aquí está el núcleo del problema: cuando un proyecto político considera que las reglas le estorban, su siguiente paso es cambiar las reglas. Eso ha ocurrido en múltiples países, con distintos signos ideológicos, pero con el mismo patrón: primero se deslegitima la institucionalidad; luego se apela al pueblo como autoridad absoluta; después se reescribe el marco; y finalmente, se normaliza lo extraordinario.

No importa cómo se maquille: una Constituyente en manos de un gobierno que entiende la crítica como enemistad y la oposición como “bloqueo” es una invitación a reconfigurar el Estado bajo una sola visión.

El error de siempre: creer que el poder se autocontrola

Colombia está acostumbrada a vivir con una peligrosa fe: la idea de que la democracia se cuida sola.
Que la separación de poderes es automática.
Que las instituciones siempre resisten.
Que los contrapesos siempre funcionan.

Pero el poder no se frena con fe. Se frena con ciudadanía activa, vigilancia, oposición seria, periodismo valiente y movilización informada.

La pregunta no es si una Constituyente “es posible” técnicamente. La pregunta real es:

¿Qué pasa si el poder que hoy la impulsa está dispuesto a insistir hasta lograrla?
Porque el deseo de perpetuidad no se anuncia como dictadura. Se vende como reforma. Se presenta como participación. Se disfraza de justicia histórica. Se pinta de cambio necesario.

Y cuando el país despierta, ya no es “una idea”. Es un proceso andando.

La historia reciente ya nos enseñó que los “imposibles” ocurren.
Que las derrotas no siempre detienen proyectos.
Que las narrativas reemplazan a los hechos.
Que lo extraordinario se convierte en rutina.

Por eso, hoy más que nunca, hay que decirlo sin miedo y sin eufemismos:

Dejen de subestimar el deseo de perpetuidad.
Porque quienes quieren quedarse no lo dicen con esa palabra.
Lo llaman “transformación”.
Lo llaman “restitución”.
Lo llaman “refundación”.
Lo llaman “poder del pueblo”.

Pero al final, la consecuencia es la misma: un país donde el poder ya no rota, se instala.

¡¡Despierten!!
Es hora de actuar, de organizarse, de vigilar, de exigir y de resistir…
sin seguir subestimando al enemigo.

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