Mientras la izquierda ya perfila candidatos con opción real de poder, los movimientos de derecha siguen atrapados en una batalla de egos donde cada aspirante se cree “la excepción” a las encuestas, a la matemática y al sentido común. El resultado es previsible: terminarán pavimentando, una vez más, el camino para que gane justamente aquello que dicen combatir.
La aritmética cruel de las encuestas
Hay una realidad incómoda que muchos prefieren disfrazar de “esperanza”, “remontada” o “campaña apenas empezando”:
un candidato con menos del 5 % en las encuestas no es “emergente”, es inviable.
Peor aún: la suma de pequeños candidatos que juntos no llegan ni al 10 % no es señal de fortaleza futura ni de “reserva moral del país”. Es la evidencia de una fragmentación que solo entusiasma a quienes están más pendientes de ver su nombre en el tarjetón que de evitar una nueva derrota. Sumar debilidades no crea una fortaleza; solo produce una inviabilidad colectiva más grande y más costosa.
La experiencia reciente de Colombia ya mostró cómo la fragmentación del espectro no izquierdista termina facilitando la victoria de un proyecto unificado en el otro extremo. En 2022, un candidato de izquierda llegó a la presidencia en un escenario donde el resto del tablero estaba disperso entre derechas, centros y personalismos, incapaces de construir una alternativa clara y cohesionada.
Hoy, con encuestas que vuelven a mostrar un país fragmentado y una derecha sin liderazgo unificado frente a candidaturas de izquierda mejor posicionadas, la historia amenaza con repetirse, sólo que esta vez ya no habrá excusa de sorpresa ni de ingenuidad.
El ego como programa de gobierno
El problema de fondo no es programático, es psicológico.
En la práctica, muchos precandidatos de derecha han reemplazado el programa de gobierno por una agenda de ego:
- “Si no soy yo, no es nadie”: cualquier llamado a la unidad es recibido como una agresión personal.
- “Mis 3-4 puntos son genuinos, los de los otros son inflados”: todos los demás son producto de encuestas “amañadas”, menos la propia.
- “En campaña todo puede pasar”: frase que sirve para no enfrentar el dato duro: jamás en la historia reciente un candidato presidencial en Colombia ha pasado de la irrelevancia estadística a ganar una elección en pocos meses sin estructura, sin unidad y sin relato sólido que enamore al país.
Lo trágico es que estos egos, que se presentan como la defensa heroica de la nación contra la izquierda, terminan convirtiéndose en su mejor maquinaria electoral. En vez de concentrar fuerzas en torno a una candidatura competitiva, se dedican a dinamitar cualquier proceso de convergencia que no los tenga en el centro de la foto.
La ilusión tóxica de las “consultas” entre inviables
A falta de votos, siempre aparece el recurso mágico: la consulta.
Consultas internas, consultas interpartidistas, consultas ciudadanas… todas con el mismo libreto: una competencia entre candidatos que ya son inviables individualmente, para producir un “ganador” cuya única virtud es ser el menos débil del grupo.
El problema es evidente:
- Una consulta entre candidatos sin músculo electoral no legitima, solo maquilla la debilidad.
- El ganador de esa consulta no se vuelve viable por decreto, ni por discurso, ni por trending topic: sigue atado a su techo original y, muchas veces, hereda también el rechazo que cargan sus antiguos rivales internos.
- Mientras la derecha juega a las consultas simbólicas, la izquierda consolida estructuras, narrativas y alianzas de mayor calado, con candidatos que ya superan con holgura los umbrales de competitividad.
Seguir insistiendo en consultas donde no participan candidaturas realmente fuertes es, en el fondo, un mecanismo para lavarse la conciencia: una forma de preguntarle al electorado con cuál candidato quiere sentirse menos culpable cuando llegue la continuación de la crisis que supuestamente se quería evitar.
No es una estrategia; es una coartada.
Sumar inviabilidades: la fórmula perfecta para perder
Hay una lógica perversa que se ha instalado en algunos sectores:
“Si todos los pequeños nos unimos, representamos algo grande”.
Falso.
En política electoral, sumar inviabilidades no produce viabilidad; lo que produce es una derrota mejor repartida. Tres, cuatro o cinco candidaturas que rondan el margen de error no se convierten por arte de magia en un movimiento sólido cuando se sientan en la misma mesa. La debilidad no desaparece, solo se redistribuye.
De nada sirve “unirse” si esa unión no se hace alrededor de:
- Un candidato que ya tenga masa crítica real en intención de voto.
- Un proyecto programático claro, capaz de ofrecer algo más que un “no a la izquierda”.
- Una estructura disciplinada, que entienda que la elección no es una terapia de grupo ni un desfile de vanidades.
Hoy, más que nunca, el país no necesita más nombres en el tarjetón; necesita menos egos y más responsabilidad.
Lo que realmente funcionaría
La salida racional —y políticamente responsable— es mucho menos glamourosa que seguir montando plataformas, anuncios y precandidaturas:
desistir a tiempo.
Lo que realmente funcionaría, si de verdad lo que está en juego es el país y no la hoja de vida de cada aspirante, es:
- Que quienes no superan umbrales mínimos de intención de voto renuncien explícitamente a insistir en sus aspiraciones presidenciales.
- Que esos liderazgos secundarios adheran tempranamente a una opción con viabilidad real, en lugar de sumarse al final cuando ya el daño está hecho.
- Que el debate deje de centrarse en “quién se siente con derecho a ser candidato” y se enfoque en “qué coalición tiene opción real de gobernar sin prolongar la crisis”.
No se trata de aplastar la pluralidad, sino de entender que, en una elección presidencial, el exceso de oferta termina siendo un privilegio que el país no se puede dar cuando enfrenta crisis económicas, sociales e institucionales profundas.
¿País o vanidad?
Al final, la pregunta de fondo para la derecha —y, en realidad, para cualquier sector que se oponga al proyecto de izquierda en el poder— es brutalmente sencilla:
¿Qué pesa más, el país o la vanidad de ver su nombre en el tarjetón?
Porque si la respuesta sigue siendo la vanidad, ya sabemos el desenlace:
un candidato de izquierda será elegido o reelegido, y muchos de quienes hoy se presentan como sus críticos más férreos terminarán siendo, en la práctica, sus mejores aliados involuntarios.
Y cuando llegue el momento de hacer balances, cuando se hable de crisis prolongada, de oportunidades perdidas y de ciclos que se podían evitar, habrá una verdad difícil de esquivar:
no fue solo la fuerza del proyecto de izquierda lo que lo llevó al poder; fue también la terquedad, el ego y la incapacidad de la derecha para renunciar a sus candidaturas inviables.
No ganará el mejor proyecto.
Ganará el más disciplinado.
Y, por ahora, quienes siguen sumando inviabilidades ya escogieron en qué lado de la historia quieren quedar.