LOS MEGARRICOS

En Colombia, la palabra megarricos ya no describe fortunas descomunales ni élites financieras intocables. Hoy, en la narrativa oficial, megarricos parecen ser el tendero, el pequeño empresario, el profesional independiente y, por supuesto, la clase trabajadora que todavía insiste en generar empleo, pagar impuestos y sobrevivir a decretos improvisados.

La ironía es casi poética.

Desde la comodidad del poder, el presidente Gustavo Petro y su ministro Armando Benedetti —figuras que no conocen precisamente la estrechez económica ni la angustia de la nómina a fin de mes— han decidido bautizar como megarricos a quienes resultaron ser los principales afectados por las decisiones derivadas del decreto de emergencia económica. Todo esto mientras el Gobierno navega en una opulencia burocrática cada vez más visible, con viajes, asesores, cargos, contratos y un gasto público que parece no conocer la palabra “austeridad”.

Pero claro, la austeridad siempre es para otros.

Resulta curioso que quienes habitan los salones del poder, con esquemas de seguridad, salarios privilegiados y una vida blindada contra el impacto real de sus decisiones, se erijan como jueces morales del país productivo. Ese mismo país que madruga, que produce, que emplea, que tributa y que termina pagando la factura de los experimentos ideológicos del gobierno de turno.

El discurso es sencillo y rentable: señalar al empresario como villano, al trabajador formal como privilegiado y al emprendimiento como sospechoso. Nada une más que un enemigo común, aunque sea ficticio. Así, se instala la narrativa del megarrico imaginario, útil para justificar decretos, distraer del derroche y ocultar la incapacidad de gestión.

Porque mientras se acusa a otros de acumular riqueza, el Estado crece, se infla y gasta sin pudor. El problema nunca es el despilfarro oficial, sino “los ricos”. Nunca es la improvisación normativa, sino “los poderosos”. Nunca es el mal diseño de políticas públicas, sino “el empresariado”.

Y en medio de esa retórica, la clase trabajadora —esa que supuestamente el gobierno dice defender— es la primera en caer. Menos empleo, más informalidad, más incertidumbre. Pero eso no aparece en los discursos incendiarios ni en los trinos altisonantes. Ahí no hay rédito político.

Al final, el verdadero sarcasmo es este: los llamados megarricos no vuelan en aviones oficiales, no redactan decretos desde despachos alfombrados ni gobiernan desde la comodidad del erario. Son, en realidad, quienes sostienen un país al que se le ha declarado la guerra desde el poder, usando palabras grandilocuentes para esconder decisiones costosas y profundamente desconectadas de la realidad.

En Colombia, el problema no es la riqueza. El problema es la hipocresía. Y de esa, curiosamente, los verdaderos megarricos parecen estar bien abastecidos.

Share This Article
No hay comentarios