Cuando todo va “perfecto”, pero se decreta la emergencia

Por estos días de Navidad, el ministro Armando Benedetti decidió regalarle al país un mensaje de tranquilidad absoluta. Según su versión, la economía colombiana no solo va bien, sino que desmiente a “todas las universidades económicas” y a “los economistas de este país”. El desempleo está bajo, el dólar también, la economía crece, la cartera es la mejor de la historia y, además, el Banco de la República sabotea pero no logra frenar el éxito del Gobierno. En suma: todo está perfecto. Coman pavo y pongan el Niño Dios en el pesebre.

Sin embargo, mientras el ministro invita a la calma y al optimismo, el mismo Gobierno al que pertenece decreta una emergencia económica. Y es ahí donde el discurso deja de ser festivo para convertirse en profundamente contradictorio.

Porque las emergencias económicas no se declaran cuando todo funciona bien. No son un reconocimiento al éxito, sino la aceptación explícita de que existen fallas graves, riesgos inminentes o choques extraordinarios que el Estado no puede manejar con los instrumentos normales. La Constitución no concibió la emergencia como un acto simbólico ni como un recurso retórico, sino como una medida excepcional para contextos críticos.

Entonces, ¿en qué quedamos?
¿La economía es tan sólida que ha dejado en ridículo a la academia y a los analistas, o es tan frágil que amerita poderes extraordinarios para el Ejecutivo?

El mensaje del ministro no solo banaliza una figura constitucional de enorme peso institucional, sino que también erosiona la confianza pública. Cuando desde el Gobierno se afirma que “los hechos son los hechos”, pero esos hechos incluyen una declaratoria de emergencia, lo que se transmite no es tranquilidad, sino incoherencia. Y la incoherencia, en economía, suele ser más costosa que el pesimismo.

Más grave aún es el tono con el que se despacha cualquier crítica técnica. Reducir el debate económico a una burla contra universidades y economistas no fortalece la posición del Gobierno; por el contrario, revela una incomodidad frente al escrutinio. La política económica no se valida con trinos navideños, sino con consistencia, datos completos y decisiones alineadas con el diagnóstico real.

Si el desempleo está bajo, el dólar controlado, la economía creciendo y el sistema financiero en su mejor momento, la pregunta es inevitable: ¿para qué la emergencia?
Y si, por el contrario, existen riesgos estructurales que justifican medidas excepcionales, el país merece una explicación seria, técnica y transparente, no un mensaje de autosatisfacción adornado con sarcasmo y pavo.

La economía no necesita ni triunfalismo ni alarmismo; necesita coherencia. Porque cuando el Gobierno dice que todo está bien, pero actúa como si todo estuviera mal, el problema ya no es económico: es de credibilidad. Y esa, a diferencia del dólar, no se baja por decreto.

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