La patología del ego en la política de derecha y centro

El principal enemigo de la derecha y el centro hoy no es la izquierda: es su propio ego.

Mientras unos se miran al espejo, otros cuentan votos. Esa es, en esencia, la tragedia política que estamos viendo repetirse: dirigentes de partidos de derecha y centro incapaces de ceder protagonismo, candidatos más preocupados por aparecer en la foto que por construir un proyecto de país, y movimientos que se prefieren puros… pero minoritarios.

En teoría, la derecha y el centro deberían tener claro que, en sistemas fragmentados, quien no se une, pierde. La evidencia comparada en América Latina muestra que el aumento del número efectivo de partidos tiende a obligar a la formación de coaliciones si se quiere gobernar con estabilidad. Pero una cosa es la teoría, y otra el narcisismo de los liderazgos.

El ego se manifiesta en varios niveles:

  • Partidos que se creen “marca única” y rechazan cualquier alianza que implique compartir logos, listas o vocerías.
  • Candidatos que prefieren ser cabeza de ratón antes que cola de león, aún sabiendo que solos no pasan del 5 % en las encuestas.
  • Dirigentes que confunden dignidad con intransigencia, y terminan disfrazando caprichos personales de “coherencia ideológica”.

El resultado es un archipiélago: muchas islas de derecha o centro, cada una con su pequeño cacique, todas compitiendo por el mismo electorado, y todas contribuyendo, sin quererlo, a que el bloque contrario gane con menos esfuerzo.

La izquierda aprende la lección que la derecha desprecia

Lo irónico es que la izquierda —históricamente también propensa a la fragmentación— lleva años aprendiendo una lección que la derecha y el centro se niegan a estudiar: sin unidad electoral, no hay proyecto de poder.

En varios países se han visto procesos de convergencia entre partidos de izquierda que, a pesar de sus diferencias programáticas y culturales, han comprendido que sólo con plataformas conjuntas, frentes amplios o pactos históricos pueden disputar seriamente el gobierno y sostenerlo legislativamente.

La lógica es sencilla:

  • La izquierda acepta que sus matices se debatan adentro, después de ganar.
  • La derecha y el centro, en cambio, prefieren perder unidos en sus diferencias antes que ganar unidos en una plataforma mínima común.

Y así, mientras unos pactan, otros se purgan entre sí.

La matemática cruel de la fragmentación

La dispersión de candidaturas en derecha y centro tiene un efecto muy concreto:

  1. Se pulveriza el voto opositor: múltiples candidaturas compiten por el mismo segmento ideológico sin superar umbrales decisivos.
  2. Se debilita la opción en segunda vuelta (cuando existe): un candidato de derecha o centro que llega a segunda vuelta debilitado, polarizado y resistido por haber atacado a sus afines en primera ronda, difícilmente logra atraer apoyos más amplios.
  3. Se regalan territorios y curules: la experiencia comparada muestra que, cuando la derecha se divide en varias listas mientras el oficialismo va unificado, este último retiene regiones clave gracias a esa fragmentación del voto opositor.

Mientras tanto, la izquierda, aún con peleas internas, suele entender que los costos de ir dividida son demasiado altos y termina cerrando filas alrededor de una figura o un pacto que le permite presentarse como un bloque coherente y competitivo.

Egoísmo de candidatos: el síndrome del “yo salvador”

Hay un personaje recurrente en esta historia: el candidato que se autoproclama “la única opción” de la derecha o el centro, sin cifras que lo respalden, pero con una fe ciega en su propio carisma.

Este síndrome del “yo salvador” tiene varias consecuencias:

  • Se lanzan campañas inviables, diseñadas más para negociar después un ministerio o una embajada que para ganar realmente.
  • Se sabotean las conversaciones de unidad: cualquier mecanismo serio (consultas, encuestas, primarias) que pueda demostrar que no son ellos los mejor posicionados es torpedeado.
  • Se envenena el clima entre fuerzas afines: los ataques que deberían dirigirse al bloque de gobierno se desvían hacia los aliados naturales, desgastando al conjunto.

Paradójicamente, estos liderazgos que se dicen “defensores de la patria” terminan siendo los mejores aliados objetivos de quienes quieren sacar del juego a la derecha y al centro durante otro cuatrienio.

La izquierda se beneficia del caos ajeno

Desde el otro lado del espectro, el cálculo es frío: no hace falta crecer tanto si el adversario se autodestruye. Basta con:

  • Mantener una coalición mínima funcional.
  • Evitar fracturas públicas irreconciliables antes de las elecciones.
  • Cerrar acuerdos tácticos en territorios clave.

Incluso cuando la izquierda enfrenta sanciones, tensiones internas o debates sobre su liderazgo, su impulso suele ser el opuesto al de la derecha: en vez de multiplicar candidaturas, tiende a reagruparse para no perder el poder que ya conquistó.

Así, en escenarios donde el país está políticamente dividido casi en mitades entre gobierno y oposición, la unidad de un bloque frente a la dispersión del otro inclina la balanza sin necesidad de mayorías abrumadoras.

La derrota anunciada de la derecha y el centro

Si nada cambia, el guión es previsible:

  1. El gobierno de izquierda llega desgastado, pero con una base fiel.
  2. La derecha y el centro presentan una “feria de candidaturas”, cada una convencida de encarnar la verdadera esencia del cambio.
  3. La primera vuelta se convierte en un concurso de vanidades; nadie renuncia, nadie cede, nadie se baja.
  4. El bloque de izquierda, aún con fisuras internas, se presenta con una oferta relativamente unificada.
  5. El resultado: la derecha y el centro, fragmentados, reparten sus votos; la izquierda, concentrada, gana o pasa sólida a segunda vuelta.
  6. Nuevo cuatrienio en manos de la misma órbita ideológica que la oposición dice querer sacar del poder… pero a la que termina sirviéndole en bandeja el triunfo.

No es un complot, es aritmética.

¿Hay salida? Sí. Pero exige algo que a muchos líderes les cuesta: humildad

La pregunta no es si la izquierda “tiene la culpa” de repetir en el poder; la pregunta es si la derecha y el centro están dispuestos a dejar de comportarse como si prefirieran tener razón antes que tener gobierno.

Romper este círculo vicioso implicaría, al menos, tres decisiones duras:

  1. Renunciar al culto al líder y apostar por mecanismos de selección transparentes: primarias abiertas, encuestas auditadas, reglas claras para elegir una sola candidatura de coalición.
  2. Construir mínimos programáticos reales, no listas de buenos deseos: en qué se está de acuerdo, qué se prioriza, qué temas se posponen para después.
  3. Aceptar que gobernar es ceder, y que una coalición exitosa no es aquella donde todos quedan felices, sino aquella donde todos aceptan que nadie se lleva el 100 % del botín.

Mientras esto no ocurra, la historia seguirá repitiéndose: la derecha y el centro se atomizan, la izquierda se articula, y el próximo cuatrienio tendrá un color político muy parecido al actual.

No será por falta de advertencias, sino por sobra de ego.

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